Ashtanga : El método como guía y no como jaula

En este episodio conversamos con Alexia Pita, maestra autorizada nivel II y fundadora de Madrid Ashtanga Shala, para descubrir qué sucede realmente cuando miramos más allá de las asanas.

No hablamos de alcanzar la postura perfecta, sino de utilizar el método como una herramienta de autoconocimiento. Una práctica que puede enseñarnos a quedarnos, a escuchar y a relacionarnos de otra manera con nuestro cuerpo y nuestra mente.

Ideas principales del episodio

  • El método debe funcionar como una brújula, no basarlo en reglas rígidas.
  • La respiración es la herramienta central que conecta la práctica con la vida cotidiana.
  • Las lesiones no dependen solo del método, sino de la prisa, la desconexión y la falta de escucha.
  • La repetición no significa monotonía: cada día llegamos a la esterilla con un cuerpo y una mente diferentes.
  • Las posturas complejas se construyen desde la base, los pies, los bandhas y el trabajo previo.
  • La práctica debe adaptarse a cada cuerpo, etapa vital y momento personal.

Primera y Segunda Serie: del despertar físico a la purificación profunda

La Primera Serie de Ashtanga, conocida tradicionalmente como Yoga Chikitsa, suele experimentarse como un gran proceso de descubrimiento corporal.

Aparecen músculos que parecían dormidos, se reorganiza la postura y comenzamos a tomar conciencia de patrones físicos que llevaban años instalados.

La Segunda Serie introduce otro tipo de trabajo. Ya no se trata únicamente de limpiar, fortalecer o flexibilizar el cuerpo. La práctica comienza a actuar de una forma más profunda sobre el sistema nervioso y puede despertar una mayor sensibilidad física y emocional.

Ese proceso no siempre resulta cómodo. A medida que la práctica avanza, también aumenta nuestra capacidad para percibir lo que sucede dentro de nosotros. Emociones, resistencias y estados que antes pasaban desapercibidos empiezan a hacerse visibles.

La evolución en Ashtanga no consiste únicamente en hacer más posturas. También implica aprender a sostener todo lo que aparece durante el camino.

Aprender a quedarse cuando aparece la dificultad

Uno de los grandes aprendizajes que Alexia extrae después de más de veinte años de práctica es dejar de huir constantemente hacia lo conocido.

La esterilla nos coloca una y otra vez frente a situaciones incómodas: una postura que no sale, una respiración que se acelera, un cuerpo que ese día no responde o una mente que empieza a buscar excusas para abandonar.

Nuestra reacción automática suele ser intentar escapar de esa incomodidad. Queremos avanzar rápidamente, evitar lo que nos cuesta o regresar a aquello que ya dominamos.

Sin embargo, el trabajo real comienza cuando aprendemos a permanecer.

Quedarse no significa forzar ni aguantar dolor. Significa observar la dificultad sin salir corriendo, respirar dentro de ella y descubrir que podemos atravesarla sin perder la conexión con nosotros mismos.

La práctica no elimina la dificultad: nos enseña a relacionarnos con ella.

¿El método es una brújula o una cárcel?

El Ashtanga ofrece una estructura muy definida: una secuencia, un orden, una respiración y una metodología que se repite cada día.

Esa estructura puede ser enormemente valiosa porque evita que practiquemos únicamente aquello que nos resulta fácil o agradable.

El problema aparece cuando convertimos el método en un conjunto de reglas rígidas que debemos cumplir a cualquier precio.

Cuando la práctica se llena de culpa, comparación o exigencia, la estructura que debía ayudarnos puede convertirse en algo claustrofóbico.

Surgen pensamientos como: “hoy no he practicado suficiente”, “debería estar haciendo otra postura” o “mi práctica no cuenta si no completo toda la serie”.

Alexia propone entender el método como una brújula: una orientación estable que nos ayuda a no perdernos, pero que debe dialogar con nuestro cuerpo, nuestra edad, nuestro momento vital y nuestras circunstancias.

El método está al servicio de la persona, no la persona al servicio del método.

Lesiones, prisa y desconexión: desmontando uno de los grandes mitos

Existe una idea muy extendida de que el Ashtanga es una práctica especialmente lesiva o reservada para personas fuertes, jóvenes y muy flexibles.

Sin embargo, el riesgo no está necesariamente en el método, sino en la manera en la que nos relacionamos con él.

La prisa por avanzar, la comparación con otros practicantes o la incapacidad de escuchar las señales del cuerpo pueden convertir cualquier disciplina física en una fuente de lesión.

Practicar no debería consistir en conquistar el cuerpo, sino en aprender a escucharlo.

Una molestia, una limitación o una etapa de menor energía no son obstáculos que haya que eliminar inmediatamente. Son información.

El verdadero “melonazo” llega cuando comprendemos que avanzar no siempre significa añadir una nueva postura. A veces, avanzar es reducir, modificar o detenerse a tiempo.

Cuando la repetición deja de motivarnos

Otro reto habitual aparece cuando la secuencia empieza a sentirse repetitiva. Hacer aparentemente lo mismo cada día puede llevarnos a pensar que la práctica ha perdido intensidad o interés.

Pero la repetición es precisamente uno de los grandes laboratorios del Ashtanga.

La serie puede ser la misma, pero nosotros nunca llegamos a ella siendo exactamente la misma persona.

Cambian el cuerpo, la respiración, el estado de ánimo, el descanso, la energía y la forma en la que reaccionamos ante cada postura.

La práctica vuelve a ser un regalo cuando dejamos de exigirle resultados idénticos todos los días.

La respiración: el verdadero pilar de la práctica

Más allá de la fuerza, la flexibilidad o la complejidad de las asanas, la respiración es el hilo que sostiene toda la práctica.

En el sistema de Ashtanga se habla de Tristhana: la unión entre postura, respiración y dirección de la mirada.

Estos tres elementos crean un estado de atención en el que el movimiento deja de ser puramente físico.

La respiración debe guiar el movimiento, pero no convertirse en otra forma de control rígido. No se trata de imponer una respiración perfecta, sino de utilizarla como referencia para saber qué está sucediendo.

Cuando la respiración se bloquea, se vuelve agresiva o desaparece, el cuerpo nos está diciendo algo. Tal vez estamos forzando, anticipando o intentando llegar demasiado rápido.

Entrenamos la respiración sobre la esterilla para poder recurrir a ella fuera de la esterilla: durante una conversación difícil, ante el miedo, en un momento de incertidumbre o cuando la vida no sigue el plan que habíamos imaginado.

La postura termina cuando salimos del mat. La respiración, en cambio, nos acompaña a todas partes.

La esterilla como espejo y como terapia

Subirse al mat puede ser un auténtico acto de valentía.

La práctica nos muestra nuestras tendencias con una claridad difícil de ignorar. Podemos descubrir impaciencia, miedo, orgullo, frustración, necesidad de control o una búsqueda constante de reconocimiento.

La esterilla no crea esas emociones. Simplemente nos ofrece un espacio silencioso en el que resulta más difícil escapar de ellas.

Por eso, la práctica puede funcionar como un espejo. No porque sustituya a una terapia, sino porque nos invita a observarnos con honestidad y a preguntarnos qué hay detrás de nuestras reacciones.

¿Quién soy cuando una postura no me sale? ¿Cómo me trato cuando mi cuerpo no responde? ¿Puedo seguir presente sin castigarme, compararme o abandonar?

En ese proceso, el Ashtanga deja de ser únicamente una disciplina física y se convierte en una investigación personal.

Posturas barrera: de Pasasana a Bakasana

En el episodio también hablamos de algunas de las posturas que más suelen atascar a los practicantes, especialmente al comenzar la Segunda Serie.

Pasasana, las extensiones hacia atrás o Bakasana pueden parecer posturas que dependen de una flexibilidad o una fuerza extraordinarias.

Sin embargo, muchas veces el bloqueo no está en la postura final, sino en la falta de una base bien construida.

La importancia de los pies y de la base

En las torsiones, por ejemplo, la estabilidad comienza en el contacto de los pies con el suelo.

Cuando la base no está organizada, el cuerpo intenta compensar buscando movilidad donde no la hay. Antes de profundizar en una torsión, es necesario crear espacio, estabilidad y dirección desde abajo.

Bandhas y centro corporal

El trabajo de los bandhas también resulta fundamental. No como una contracción rígida o permanente, sino como una conexión con el centro que permite que el movimiento sea más ligero, estable y consciente.

En posturas de equilibrio sobre brazos como Bakasana, la fuerza de los brazos ayuda, pero no lo hace todo.

La organización del centro, la dirección de la mirada, la transferencia del peso y la confianza para avanzar son igualmente importantes.

La Primera Serie prepara lo que viene después

Muchas dificultades de la Segunda Serie empiezan a resolverse trabajando con mayor atención la Primera.

Las torsiones, el control del centro, la apertura de caderas y la estabilidad escapular se construyen mucho antes de llegar a las posturas más complejas.

El cuerpo no entiende de atajos. Cada postura prepara silenciosamente la siguiente.

El cuerpo femenino como laboratorio personal

Practicar Ashtanga en un cuerpo femenino implica aceptar que la energía, la fuerza y la sensibilidad no son iguales todos los días.

El ciclo hormonal, el descanso, el embarazo, el posparto, la perimenopausia o la menopausia pueden transformar la relación con la práctica.

Ignorar esos cambios para seguir una estructura idéntica puede alejarnos del sentido profundo del yoga.

Alexia defiende la importancia de poner el método en tela de juicio, no para rechazarlo, sino para comprenderlo mejor y hacerlo habitable.

Adaptar la práctica no significa practicar peor. Significa desarrollar una escucha más refinada y abandonar la idea de que el cuerpo debe responder siempre de la misma manera.

En el episodio también se reflexiona sobre el equilibrio entre fuerza y flexibilidad.

Tradicionalmente asociamos la fuerza con lo masculino y la flexibilidad con lo femenino, pero la experiencia sobre la esterilla puede mostrarnos justamente lo contrario: una fuerza profundamente femenina y una flexibilidad que también requiere valentía, confianza y capacidad de soltar.

Cada cuerpo necesita encontrar su propio equilibrio entre sostener y ceder, avanzar y esperar, disciplina y amabilidad.